LA SINUOSA TRAYECTORIA DE LA ROSCA

  • De las Saturnales a la fiesta del Rey del Haba, la historia de la Rosca de Reyes es tan sorprendente como los muñequitos que esconde en su interior.

El origen de la Rosca de Reyes, el pan dulce tradicional del 6 de enero, es tan sorprendente como el feliz (salvo para el que paga los tamales) y fortuito hallazgo de esos muñequitos –Niño Dios en México, figuras alusivas a la virgen María y San José en España­– que esconde en su interior.

La también llamada “Fiesta de la Epifanía” –donde los tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, se presentan ante Dios Hijo–, coincide en fechas con la celebración pagana de las Saturnales, concebidas en el siglo II A.C. en honor a Saturno, dios romano de la agricultura y las cosechas.

Las Saturnales, que tenían lo suyo de carnaval pagano, subvertían el orden: los esclavos eran coronados reyes y el pueblo se desfogaba en fiestas orgiásticas donde la reproducción obrada por las semillas tenía su parangón en el desborde de los humanos. En ellas se preparaba un bollo o tarta de miel forma circular en la que se escondían higos, dátiles y habas secas, símbolo de fertilidad y abundancia. Quien se topaba con ellas era nombrado Rey del Haba por un día.

La rosca perduró en Europa y se convirtió –como otros ritos paganos recuperados por el cristianismo–, en la de Reyes. Fue en Francia donde la tradición del “Roi de la fave” prosperó primero. El gâteaux des rois o rosca de reyes llegó a convertirse en una costumbre de la nobleza una vez sustituidas las habas... por monedas de oro y piedras preciosas. El rey del haba, convalidado sus privilegios, elegía también entre los convidados a su reina, cuenta en 1884 el escritor Guy de Maupassant en la novela La Herencia.

La reinterpretación aristocrática le granjeó enemigos durante la Revolución Francesa. En diciembre de 1792, el alcalde de París, Nicolas Chambon, prohibió la venta y elaboración de la rosca, devenida “contrarrevolucionaria”: acusó a pasteleros y glotones de ser víctimas de una superstición religiosa contraria a la Razón, por aquellos años nombrada Ser Supremo.

No obstante el denigrado pastel sobrevivió a sus detractores y en el siglo XIX se extendió a Portugal (donde fue bautizado bolo do rei) y España. Este último país ya estaba sensibilizado: la fiesta de la Epifanía, rosca incluida, había llegado un siglo atrás con Felipe V (1683-1746), primer Borbón español y nieto de Luis XIV.

A medida que la rosca ganaba popularidad en España se propagaba también en sus colonias de América. En su versión decimonónica el festejo incorporó un nuevo gesto burlesco: al que le tocaba el haba debía pagar por la rosca y se volvía el “tonto del haba”, origen del insulto español “tontolaba”.

Hacia 1900 su receta ya era incluida en libros como El Arte Culinario de Adolfo Solichón, un antiguo repostero español. Un siglo después su preparación sigue siendo prácticamente la misma: harina, huevos, azúcar, levadura, leche, agua de azahar, extracto de vainilla, mantequilla, ralladura de limón y naranja, así como frutas secas cristalizadas y azúcar glas para adornar.

Aunque con ligeras variaciones, pervive en México –aquí se acompaña de chocolate o atole– y otros países de Latinoamérica. Este 6 de enero la fortuna nombrará al rey tonto, que tras partir la rosca y obtener la grata sorpresa de un muñeco... será el pagano de los tamales del 2 de febrero.