Buffet de cambios

A Morelos, que nos necesita tanto

Para mí, el 2014 empezó como un all you can eat buffet, en el que la infinidad de posibilidades lo mismo abruman que emocionan, y en el que el reto radica en no llenar el estómago con la primera opción, sino en domar los impulsos a cambio de un manjar superior. Es de sabios recorrer toda la mesa del buffet antes de comenzar a atascarse, pero tampoco hay que tardarse tanto, pues la comida se acaba y la que queda ya está fría, dura o hasta dedeada.

Renunciar a un trabajo y mudarme de casa fueron las acciones que coronaron un periodo de cambios que por momentos genera lo que la hoja en blanco a la escritura: pavor.  La inestabilidad genera un tipo de empacho que no se alivia ni con un Ranisen.

Si bien en diciembre la comida navideña y  las reuniones con seres queridos fungieron como un disfraz que ocultaba la inestabilidad de mi vida, el fin del engordatón –clausurado con una rosca rellena de nata- develó la realidad sobre mi presente: yo lo escribo y puede ser del género que me de la gana.

Aún con el estrés que genera parir un nuevo capítulo, el joven buffet del 2014, ya me ha dado más de un postre: no sólo mantengo mi blog en Gula, sino que este año actuaré por primera vez en una obra de teatro. ¡Viva la ficción! Pero por si esas golosinas no bastaran, el 2014 me dio la oportunidad de, aunque sea por unas semanas, volver al lugar de origen: Cuernavaca.

Y así, a pesar de las malas noticias y la plaga de gente que se empeña en arruinar mi hermoso estado, por unos días volví al paraíso que es Morelos. Clamatos en la alberca, cecina de Yecapixtla, tacos acorazados, pastas y pizzas del Giuseppe´s, el jardín de Las Mañanitas, las micheladas de los callejones de Tepoz y los huazontles de Los Colorines, fueron algunos de los sabores que junto con el clima y la vegetación me recordaron que tuve la fortuna de crecer en un estado que permitió que pasara mi infancia en traje de baño.

Hoy la inseguridad ha hecho que muchos cuernavaquenses emigren y que los chilangos olviden lo bien que la pasaban los sábados en Taizz. A diferencia de los guerrerenses, que  hacen campañas para hablar bien de Acapulco, parece que los guayabos no somos tan proactivos. Yo por mi parte me rehúso a dar mi estado por perdido y sueño con que, en algunos años, las chavas de 18 años puedan salir a las 2 de la madrugada de un antro e irse solas a su casa, sin dejar de sentirse seguras. Hace seis años yo lo hacía.

Morelos, necesita tu ayuda. Le urge  que redescubras el Palacio de Cortés mientras te comes un jocoque en Casa Hidalgo, que vengas a nadar en las Estacas, que esquíes en Tequesquitengo, y que visites Tlayacapan para que sus momias te quiten el apetito.

A Morelos le urge que lo valoremos; no como el territorio entre las quesadillas de Tres Marías y la cecina de Cuatro Vientos, sino como una de las joyas de la república. Morelos es un buffet y no hay que sucumbir ante la tentación de dejar que la violencia sea su único platillo.