¿Café o Té?, la obsesión con las etiquetas

Primer día en un nuevo trabajo y rechazo la oferta de una taza de café. La chica  me mira extrañada: ¿quieres ser escritora y no tomas café?

Río por dentro; no todos aspiramos a convertirnos en un cliché.

No es que no beba café, pero en ese preciso momento tenía antojo de té.

Mi compañera no es rara, la tendencia a categorizar cosas es una cualidad muy humana. Etiquetamos personas y conceptos, con la esperanza infantil de que al hacerlo, las domesticaremos.

Intuimos la esencia de alguien con tan solo preguntar si prefiere los perros o los gatos. Dividimos el universo entre los que beben té y los adictos al café.

Autores como Benett Alan Weinberg,  hacen estudios,  y descubren que los hombres prefieren el café mientras las mujeres eligen el té. Concluye que el café es para los bohemios, y el té para los más cuadrados. Respalda su hipótesis citando una lista de escritores que acudían a los cofeehouses y contagiaban al resto de los asistentes con sus ideas novedosas y poco conformistas.

El café es atrevido, pero el té es elegante; los japoneses lo bebían mientras hacían hakius y a diferencia del democrático líquido oscuro, era exclusivo para los ricos.

El producto de los granos representa el trabajo, mientras que el fruto de la camellia sinensis sirve para los momentos contemplativos.

No hay duda de que esos datos nos ayudan a delinear personajes, pero siempre hay alguien que como yo, disfruta por igual bebiendo los dos.

Y es que los humanos somos volubles, y las sensaciones abstractas.  Las etiquetas nos quedan cortas porque contrario a lo que quisieran muchos, no somos un producto en un anaquel.

Actualmente la Ciudad de México vive un auge de la cultura del té, pero no es que nos estemos volviendo más contemplativos o más cuadrados, al contrario. Nos hemos liberado del prejuicio de que el té es una bebida para enfermos.

¡Viva la variedad! Give tea a chance!