Desintoxicarse o Morir

Debo confesar que hasta hace unos meses, la palabra detox me parecía un tanto pretenciosa, equiparable a esas modas en que de pronto algún ingrediente como la linaza resurge de la nada y toma protagonismo como el nuevo milagro de la naturaleza que cura el cáncer, quema la grasa, deposita millones en tu cuenta bancaria y tiende tu cama. Quizá mi falsa percepción se debía a esas dietas de líquidos en las que el rebote es casi seguro.

Pero como siempre, la vida es más inteligente que yo y me probó que basta rechazar algo para que se manifieste y nos ponga a prueba. Entonces, justo en un punto de mi vida en que completaba una larga desintoxicación emocional y me reencontraba con el gimnasio, invité a comer a Sebas, uno de mis más entrañables amigos, que por esos días estaba haciendo un cleanse. Tras oír su testimonio, la idea se plantó en mi mente y un par de semanas después buscaba quién me ayudara en mi misión.

A través de San Google aprendí que en el D.F hay por lo menos cuatro empresas serias que se dedican a ofrecer planes de desintoxicación con jugos preparados con tecnología de prensado en frío (cold press) y de entre ellas elegí Vivant.

Dos días después llegaron dos cajas de cartón reciclado a la puerta de mi casa. Cada una contenía seis jugos numerados, un shot y una bolsita con chía. Además, enviaron una lonchera térmica para poder transportarlos. Aún no comenzaba el programa pero ya me sentía agradecida por el buen gusto de llegar a tiempo y no aplicar esa costumbre de “se lo llevan entre 10 y 6” que te obliga a ser un prisionero en tu propia casa.

Al día siguiente de recibir mi pedido inició el reto de tres días, que es el periodo recomendado para todos aquellos que como yo, son novatos del cleanse. Sin embargo, también hay quien lo hace durante uno, cinco o siete días.

Mi mañana de debut inició con un vaso de agua tibia con un poco de jugo de limón, al cual siguió el shot y luego el “Verde Coraje” un jugo de bersa (el famoso cale, endiosado por los hipsters de Brooklyn), espinaca y pepino que para mi sorpresa sabía tan rico que lo tomaría diario por gusto.

Entonces llegó la noticia, mis amigos habían tenido la brillante idea de ir a comer al antojadizo Parnita y como no tenía ganas de sufrir, decidí no verlos y dedicar mi domingo a caminar sola por la ciudad. Así, el jugo número dos -una mezcla de piña, manzana y menta- me tocó tomarlo afuera del castillo de Chapultepec, el tercero mientras caminaba y el cuarto en las escaleras del Museo Soumaya, en lo que hacía tiempo para entrar a la función de La Revolución Permanente, la sátira creada por Pedro Reyes para el Museo Jumex.

Terminada la obra, tomé el jugo número cinco y dos horas después el seis, una mezcla de nuez de la India con canela que fue el único que me costó un poco de trabajo.

Los dos días siguientes fue la misma rutina sólo que esta vez en la oficina. Para el segundo día, aprecié mucho más la solidez de la chía en mi Alka Lima, un jugo de limón y pimienta de Cayena. Y para el día tres ya estaba completamente enamorada no sólo del ya mencionado Verde Coraje, sino también del Agua-Cate, una mezcla de limón, piña y, obvio, aguacate, que gracias a su espesura me parecía una suerte de malteada nutritiva. Sin embargo, el último día ya no encontré tan atractiva la mezcla de betabel, zanahoria y limón del Poder Violeta.

El cleanse de tres días resultó ser una gran experiencia. No sufrí ni dolor de cabeza, ni cansancio y mucho menos hambre pues bebía cada dos horas. El periodo de 72 horas es suficiente para sentir los efectos positivos, pero no suficiente para generar ansiedad y hacerlo no sólo le dio un respiro a mi cuerpo sino que me enseñó un par de cosas de mi misma como que yo controlo a mis antojos y no ellos a mi.

Además, el cleanse no es una dieta milagro sino una oportunidad de adquirir hábitos más sanos. Aunque un día disfruté menos algunos sabores, nunca sentí que estaba tomando algo insípido o asqueroso, pues los jugos de Vivant son bastante complacientes con el paladar. Definitivamente el cleanse es una experiencia que quiero repetir y es que tanto en la dieta diaria como en las relaciones habría que acostumbrarnos a no llenarnos de lo que sea para llenar vacíos, sino a alimentarnos con cosas que nos nutran y no nos dañen a largo plazo