El güero que no tienen los food trucks

La comida callejera de México es como Meryl Streep: siempre está nominada entre las mejores del mundo. No es casualidad. Ella ha sido parte de nuestra radiografía nacional desde tiempos prehispánicos cuando la clase media -o macehuales- comerciaba los excedentes de sus cosechas ya sea en materia prima o en una deliciosa transmutación.

Más de 5 siglos son tiempo suficiente para presumirnos expertos en la materia. Es entre puesto y puesto donde nuestra comida se ha mantenido viva y en evolución, donde se han multiplicado los usos de ese campo semántico llamado “maíz” y donde la herencia familiar apoyada por la competencia mercantil ha logrado cierta profesionalización de técnicas y sabores. Como sucede en Tailandia, China o India, cuando el poder de la historia se mezcla con una cultura heterogénea y una riqueza fenomenal de ingredientes, el resultado es un complejo soufflé de propuestas gastronómicas que pueblan las esquinas. Pero que se encuentren en cada esquina, no las hace lugar común. Un tamal con la humedad e ingredientes suficientes puede recordarse para siempre en una Polaroid mental. Una buena salsa puede causar un Milagro en la calle 34; una quesadilla con el relleno perfecto, el pretexto de un peregrinaje de tres horas. Entre todas esas bendiciones entran al discurso los food trucks de México.

Me considero una cazadora de tendencias, de sabores novedosos y de restaurantes. Pero, como todos, lo que más amo es comer bien y en los food trucks de México (con un par de excepciones ligadas a grandes chefs) no he tenido un suspiro con tantos decibeles como el que me provoca un buen restaurante, ni más profundo que el que me arranca un guiso de abuela, ni más sincero que el que me arrebata un pambazo crocante en un puesto de mercado.

El porqué los food trucks funcionan en varios países (de esos que no aparecen nunca entre los recuentos de comida callejera) es súper comprensible. Es justicia divina que cuando la herencia no te lo regale, consigas tus objetivos por mérito propio. En el fine dinnig por ejemplo, Dinamarca ha tenido que redoblar esfuerzos para logar una gastronomía propia y auténtica que hoy ya es trending topic entre los foodies más nihilistas.

En el caso de lugares como Los Angeles, NYC o Miami, con mucha población de inmigrantes deseosos de comida con sabor a hogar, se crearon los mejores food trucks del mundo. Y es que el plus que ofrecen en sus vehículos es una buena paleta de colores pero también de sabores, un buen logo pero también un buen chef que entiende que si ofrece hamburguesas en pleno Brooklyn, tal vez la ecuación oferta-calidad-demanda no resulte.

Por eso prefieren propuestas novedosas, frescas, perfectas para cuando el hambre te salta encima. Entonces, ¿por qué en México algunos food trucks venden tacos gourmet o gorditas con productos de temporada si al otro lado de la esquina probablemente hay una señora que lleva años haciendo garnachas con el alma y con productos de un mercado orgánico que no tiene idea de que lo es? ¿Por qué un cliente va a pagar 5 o 10 veces más por una comida mediocre con la que probablemente no se le llene la panza ni el corazón? ¿En serio, sólo por un check-in, por una servilleta bonita?

Exijamos más de los food trucks, pidamos propuestas interesantes, variadas, de esas que no encontramos aún en las calles ni en los restaurantes. Que no sean sólo forma, sino también fondo. Y si los food trucks van a cobrar más que las señoras de la esquina o casi como un restaurante, que le pongan el cariño que cualquier Güero de taquería pone a su comida, o la calidad y el detalle que nuestro chef de confianza vierte en cada plato. Fácil no es, pero ganar con espejitos la batalla de la comida callejera en este país es un chiste que alguna vez ya nos contaron.