El voyerismo gastronómico y el food porn

Durante mucho tiempo, una de las noticias cotidianas menos alentadoras era llegar a mi casa y que el menú del día consistiera en chuletas de cerdo ahumadas.  El platillo me parecía espantoso,  terriblemente aburrido y encima de todo no ofrecía nada a cambio; no era muy bajo en grasa, no prometía disminuir mis probabilidades de padecer cáncer, nada. El único consuelo era que solían escudarlo con una guarnición de puré de papa.

Un día, mi padre llegó tarde a comer, y quizá porque la plática era aburrida, porque mi cuerpo sin saberlo necesitaba algún nutriente de ese pedazo de cerdo o más bien porque mi papá hace que verlo rediseñar su comida en el plato sea un placer, me enamoré de las chuletas de cerdo.

El cortejo inició con la forma tan lenta de partir el trozo de carne, seguido de un revolcón en una mermelada que funcionó como un gravy improvisado. Mayonesa, salsa Maggy, puré, algo aquí, algo allá, el sonido de los dientes, el maldito placer con que tragaba...En menos de 10 minutos, sin necesidad de probarlas de nuevo, las chuletas de cerdo se habían transformado en un platillo del que no sólo no me quejaría, sino que incluso pediría por antojo.

No es un secreto, en todo se puede encontrar placer. A veces, al descubrir una fuente de satisfacción, el que lo goza se asusta, pues al ego no necesariamente le gustan las cosas políticamente correctas, y así, de pronto a mi amigo que sólo le gustan las flacas, en secreto  lo excita una gorda, a mi amiga feminista le encanta que en la cama le peguen y le digan puta, y al papá ultra católico y pacifista de otra amiga lo único que lo entretiene es ver programas de tele donde la violencia tan explícita como un escote de Katy Perry. O yo, que llevo más de 20 años diciendo que odio la fruta, y que no hay aroma más espantoso que el de la guayaba,  pruebo su jugo y me gusta.

Ese tipo de placer ambiguo es responsable del éxito de los príncipes azules conflictivos (Chuck Bass o Mr. Big), los villanos entrañables (Alex Delarge o Walter White), el porno sadomasoquista para mamás (50 Shades of Grey), y el éxito de programas de cocina como Man Vs. Food, donde Adam Richman le quitaba todo lo sublime al acto de comer, mutando la experiencia en una tortura a su cuerpo que a los espectadores nos llenaba de alegría. Su indigestión, el dolor en su lengua por el exceso de chile, el sudor en su frente y la grasa tapando sus arterias era motivo de regocijo para la audiencia. A una parte mía le entristece que no haya muerto a cuadro tragando algo asqueroso…se lo merecía.

Pero así como hay placer en la violencia,  las películas estilo Pink Flamingos o en saber que existen recetas tan cerdas como la Hamburguesa Sasquatch- 4 libras de carne de res, 1.5 libras de verduras y una libra de pan- también existe deleite en ser testigos del placer ajeno.

Hay muchos voyeristas en el plano sexual, pero hay igual de cantidad de voyeristas gastronómicos, que nos chaqueteamos con imágenes en instagram.  A veces sólo masturbamos nuestro paladar, pero en ocasiones, consumamos el acto y hacemos el amor con la comida.  Y es que en la cocina como en el amor, los expertos saben (¿mos?) que el secreto está en hacer del placer ajeno una fuente propia de placer. Siempre me ha parecido más lindo cocinar para alguien más.

Yo no soy fanática de los programas estilo Iron Chef, pues eso de no probar lo que cocinan me parece una especie de orgasmo interrumpido. Sin embargo, aunque sea incongruente, siento muchísimo placer viendo food porn en Pinterest; muñecos de nieve de rice krispies, huevos estrellados en forma de corazón, recetas para San Valentín…Media hora en esa red social y lo único que quiero es cocinar cosas cursis para consentir al novio que no tengo. Demencia posmoderna.

Pero aun cuando el food porn sea una herramienta de venta, un síntoma de los vacíos de la sociedad y de nuestro mal hábito de anteponer las apariencias a la esencia, la pornografía gastronómica es una gran noticia, porque por lo menos en mi caso, es también un síntoma del placer que me da hacer gozar a alguien más. Además, la comida es cachonda por naturaleza, si no me creen, basta ver la legendaria secuencia de la película Nueve Semanas y Media.