Gastronomía de conciertos

A todos los periodistas que diario se juegan la vida.
A todos mis amigos en Indie Rocks!

 

El primer trimestre del año fue como un gran festival de música que inició con el Carnaval de Bahidorá  y culminó con el Vive Latino, no sin antes hacer una parada en Cumbre Tajín. Creo que aún me duelen las piernas, pero eso no importa si es por atesorar experiencias.

Al igual que la pasión por la comida, mi amor por la música es parte de mi genética; una abuela pianista, una tía cantante, un papá rockero y un par de hermanas que, aunque en distintos géneros, son igual de melómanas, dan cuenta de ello.

La música es de lo que está hecho el universo y mi afición a los conciertos comenzó en el Estadio Azteca, donde en los hombros de mi padre viví la experiencia Michael Jackson. Yo tenía cinco años y juro que me acuerdo.

De ahí al presente, donde entre mis varios trabajos tengo la fortuna de que me paguen no sólo por alimentar mi cuerpo a través de mis oídos sino también por interrogar a mis ídolos. Y así aprendí que a pesar de sus extremidades rayadas, algunos rockeros beben piñas coladas, que Kasper Eistrup, el muy danés vocalista de Kashmir es fanático de la comida mexicana, que la DJ Samantha Ronson sólo bebe whiskey, preferentemente directo de la botella, y que actualmente  Adán Jodorowsky no mezcla  cereales y proteínas, pues así se lo dicta Ada, su más reciente personaje.

Mi experiencia como concert junkie ha hecho que tenga una relación amor-odio con las cervezas, nada marida tan bien con un concierto, pero el costo es caro; no sólo te las dejan ir a un alto precio, sino que beber más de una implica la tortura de un baño portátil, a menos claro que vayas acreditado como periodista o como músico, pues entonces el escenario cambia y hasta el chupe y la comida son gratis.

Mi adicción a los conciertos también me ha vuelto testigo de la evolución gastronómica que existe en ellos; cada vez hay más vendedores que ofrecen mezcal (naranja con chile incluida) y se han vuelto  más comunes las paletas heladas con sabores como carajillo, perla negra o baby mango… el chiste es que tengan alcohol.

La comida rápida también ha aumentado su nivel, tanto que en Bahidorá la oferta culinaria incluía hamburguesas gourmet, pizzas de queso brie, mojitos y hasta tacos de marlín. Aún con todas esas delicias, por escasos minutos la gran demanda hizo que se acabara el agua, lo que fue una mini tragedia y no precisamente porque la gente tuviera sed. Deberían de legalizar al menos la mariguana…

Sin embargo de los manjares que he comido en algún concierto, las palmas se las lleva el helado que probé en  Cumbre Tajín, y es que no hay vainilla como la de Papantla. Dos bolas de esta delicia bastaron para desbancar al de menta con chispas como mi helado favorito; rápidamente los mini trozos de chocolate fueron usurpados por micro pedazos de vaina de vainilla. También son dignos de mención  los pulacles, los bocolitos,  los molotes y los tamales pintos y de cuchara del Nicho de Aromas y Sabores de la Cumbre. Lo mismo que el masafino de ciruela pasa, postre que a pesar de que los periodistas locales no le dieron su aprobación por no estar preparado al estilo totonaca -en horno de barro y con manteca- conquistó mi corazón,  a diferencia del zacahuil, que nada más no me cautivó.

Pero más allá de días de diversión y música,  donde  el deporte oficial fue jugar flip cup, me quedo con dos cosas: el escalofrío en mi espalda al ver las pirámides iluminadas en la noche y la mirada nostálgica de la periodista veracruzana con la que compartí mesa en el buffet de Tajín. No tuvo que decir palabras para contestar a mi pregunta, pues en un parpadeo sus ojos lo hicieron: sí, diario matan periodistas. Sí, está cabrón. Sí, me muero de miedo.

En medio de la fiesta, la realidad del país no deja de quitar el apetito, pero México prevalece como mi sazón favorito.