Hambre de crecer: sabores clasificación C

"Superhombre no lo soy, superhambrienta lo soy  más que nadie" - Amélie  Nothomb

De niña tenía hambre del mundo de los adultos. El secretismo de sus conversaciones me parecía casi tan fascinante como mi ejército de barbies, que cuando mi madre no observaba, encarnaban historias que incluían escenas en las que se revolcaban desnudas con el Ken en turno. Cuando mi mamá entraba al cuarto, sin que preguntara nada, me daba pudor que viera mis muñecas desnudas y me excusaba rápidamente: las estaba cambiando, ma. ¡Ajá! Barbies golosas.

El comportamiento adulto, libre de  niños espías, me intrigaba. ¿A qué jugaban? Por suerte mis papás solían hacer cenas, lo que significaba que a la mañana siguiente, cuando seguían dormidos, mis hermanas y yo jugábamos a las arqueólogas y bajábamos a inspeccionar los restos de la fiesta. Colillas de cigarros, restos de cubas y alguna mancha de vino tinto en el mantel, eran objetos de estudio antropológico. La conclusión siempre era la misma: la botana nunca sabía tan rica como cuando estaba destinada a alguien más.

Quizá el hecho de ser la menor de tres hermanas potenció mi antojo por cualquier humano que me ganara en edad. Había pocas cosas más tortuosas que los viernes en que mi hermana invitaba a sus amigas y cuando yo trataba de pertenecer a su tribu, me excluía con tres simples palabras: ¡te estás luciendo! Entonces aparecía la sed, sed de probar que me podía comportar a la altura de semejante compañía. Probablemente lo único que me dejaba más seca la boca, eran mis papás hablando en inglés para que no los pudiera entender. Aún recuerdo la sensación que me provocaba semejante insulto.  Tremenda estupidez que a mis cinco años  existieran cosas que no tuviera derecho a conocer.

El hambre de cosas para las que mi edad no me alcanzaba estaba siempre presente. No es que fuera precoz, pero tenía la sensación de que así como había películas que no debía ver, existía una serie de sabores que no me pertenecían: sabores clasificación C. Los sabores de adultos se dividían en dos categorías, los que me seducían pero no podía probar, y los que sí había probado, pero a pesar de que volvían locos a los adultos, a mi me parecían de lo más repulsivos. Estos incluían los sushis, la papaya, el mango, el queso cottage, el queso gruyère y los elotes quemados que vendían afuera de la iglesia. De esos viajes a pueblos pintorescos para ir a misa,  a mi lo que me importaban eran otras cosas; las gorditas envueltas en papel de china que vendían afuera de la catedral, el banquete de vino y ostias al que sólo accedería cuando hiciera la primera comunión y el torso desnudo de Cristo, cuya imagen me afectó tanto que definió mi prototipo de hombre perfecto: flaco, polémico, amoroso, idealista, con una hermosa cabellera, y cuya existencia todavía está en duda.

Los platillos más deseables, como ahora, eran los prohibidos: lo demasiado picoso; el Bailey´s o la cerveza, bebidas de las cuales sólo se me permitían pequeñas dosis; la pata del pavo navideño destinada a mi primo; el café, que me obligaba a conformarme con su delicioso aroma; y el shot de Hershey´s bebido directo de la botella robada de la alacena con candado en casa de mi mejor amiga, el cual nos ponía gracias a la alta dosis de azúcar.  

Por suerte, o por desgracia, a diferencia de otros apetitos, el hambre de adultez se sació sola con el paso del tiempo. En las reuniones de amigos nuestros gustos fueron mejorando: el Malibú y el vodka con jugo de arándano fueron destituidos por vino, los sabritones por quesos. Las bodas comenzaron a ser cotidianas y los bebés planeados. Entonces empecé a sentir curiosidad por lo que platican los niños y experimenté un apabullante antojo de sándwiches de pan sin orillas  envueltos en papel celofán.

Desterré el hambre de ser adulto, porque tras unos cuantos bocados, comprobé que para algunos, ser adulto significa estar muerto o por lo menos ser insípido.

Convenientemente se fue la necesidad de contar años, pero aumentó el apetito por vivir.