La comida de hospitales y el sazón de muerte

A Mich, que me asustó con su viaje a terapia intensiva.

A Leo, por enseñarme que arriesgar todo  por un sueño es la mejor medicina preventiva contra esa enfermedad tan común de odiar la vida elegida.

 

La primera vez que mi boca probó un alimento, fue en el Hospital Español. Ahí, hace poco más de 25 años, mi madre me expulsó de su cuerpo regalándome esta existencia que procuro disfrutar para que sea digna de ser llamada vida.

No sé a qué me supo la leche materna, ni me acuerdo de nada de ese día, lo cual es una pena, pues me imagino que como todo recién nacido deseado, fui la sensación.

Cuentan los recuerdos ajenos que mis padres llegaron al hospital en la mañana, pero yo no me digné a nacer hasta que mi tío Leonel- el ginecólogo que me recibiría- amenazó con practicar una cesárea. Supongo que de ahí viene mi costumbre de dejar las cosas a último momento, aunque quizá desde el útero estaba practicando el arte femenino de darme a desear.

Esperé a nacer hasta que  era de noche y llovía, lo que quizá explique el origen de  lo que hace un par de años, en una clase de actuación, Bruno Bichir describió como mi “tendencia a la melancolía”. Sí, la oscuridad me es atractiva y la noche es el momento en que más me da hambre (literal y creativa) de todo el día.

Desde ese 29 de Abril de 1988 el Hospital Español es algo normal en mi vida. Ahí mi otro tío, Luis, mi pediatra, me ponía las vacunas pertinentes que, además del piquete, incluían una estampa en la frente y una paleta cuya dulzura apaciguaba el dolor. He ahí otra tradición muy humana que hice mía; rellenar los vacíos del alma con una dosis de comida. Si hay un asesino por ahí como John Doe en Se7en (1995) de David Fincher, seguro me espera una muerte por gula. Aunque para mí, el verdadero infierno sería ese en que comes pero no percibes los sabores de la comida; odio tener gripa.

En el citado hospital también me operaron de una hernia; cuando desperté y no estaba mi madre hice un berrinche cuya magnitud comprenderán los que recuerden el personaje de Lottie en A Little Princess (1995) de mi ídolo, Alfonso Cuarón. Sin embargo más que el escenario de vacunas, operaciones y berrinches, el sanatorio se ha convertido en un punto de reunión de mi familia materna. Y así, debido al tratamiento de la abuela, la profesión de 2 de mis tíos, y lo relativamente céntrico de su ubicación, el restaurante del hospital es, probablemente, el que más hemos visitado todos los Pedraza juntos.

Para mí, la comida del sanatorio no se restringe a pechugas de pollo, verduras al vapor y gelatina. En mi experiencia, sus sabores incluyen vino, micheladas, pulpos a la gallega y filloas, pero sobre todo primadas exprés; pequeños simulacros de las navidades u otras fiestas que por la naturaleza de la vida, ya no pasamos juntos.

La grata experiencia de comer en un hospital, no se restringe al que nací. En el ABC de observatorio, probé el sándwich y la coca cola más deliciosos de toda mi vida. Su sabrosura no era producto del talento de un chef ni de la frescura de los ingredientes, que hoy está tan en boga ofrecer, sino del ayuno de más de 12 horas al que, por el mito de que no hay que comer horas antes de donar sangre, me sometí. La saciedad no sólo fue física, sino espiritual; hubo algo gratificante en ayudar a alguien a quien no conocía. Un piquete y un cuestionario incómodo a cambio de unos exámenes de sangre gratis y la posibilidad de nutrir otra vida.

Aún con tantas experiencias positivas, los hospitales me dan un poco de miedo porque en ellos la muerte está más presente; y hay pocas cosas menos apetitosas que un fallecimiento a baño maría o el sufrimiento de algún ser querido.

La única vez que he saboreado mi muerte -durante un secuestro exprés-me supo seca como un trozo de tierra. Cuando bailé con ella no pensaba en lo que me perdería, sino en la indigestión que causaría a aquellos que me querían. Pero aún en medio de la adrenalina había consuelo. Si era el último día de mi vida era uno bueno: había comido uno de mis platillos favoritos (pasta italiana), acompañado de una larga plática con mi mejor amigo. Y antes de subirme al taxi del terror me había dado el gusto de comerme una magnum de chocolate, manjar digno de ser la última caricia a mi paladar. La historia tuvo un final feliz, y en menos de dos horas, me olvidaba de mi cara moreteada mientras tomaba vino en casa de mi tío.

 Desde entonces, o desde que se me ocurrió nacer en México, los primeros días de Noviembre son un recordatorio de que la muerte es intrínseca a la vida, por lo que sólo espero que a diferencia del primero mi último bocado no sea en un hospital. Espero no extinguirme en una cama con una dieta aburrida. Y que si contra toda lógica hay un más allá que me permita regresar una vez al año, mis sobrevivientes no tengan el mal tino de dedicarme una mesa con calaveritas de azúcar, panes rosas y fruta.  Mejor que hagan un esfuerzo y se acuerden qué platillos me encantaba deglutir en vida.

Por lo pronto, espero que mi muerte sea como esos  pastelitos tibios de chocolate que tardan bastante en llegar a la mesa, pero que cuando aparecen son deliciosos y se terminan rápido.