Lo insípido de tronar

A mis sabores; los que me dejaron satisfecha, los que se volvieron amargos, los que no se dejaron probar y los que siempre me dejan con ganas de más. Gracias por educar mi paladar.

La disolución de una pareja deja al alma llena de lutos. Hasta nuncas que se suceden entre sí, dejando el espíritu como una gelatina mal cuajada que al menor movimiento vuelve a ser llanto. Entre los entierros, el de mayor convocatoria es el de la compañía, al que acuden nuestros seres queridos con la esperanza de que su presencia nos ayude a distraernos de la ausencia de aquel que se ha ido.

Extrañamos quien éramos porque no importa que tan light podamos ser o qué tan poco digerible era el platillo cocinado a cuatro manos; nunca más seremos esa versión nuestra que existía gracias al maridaje con otro ser. Aún cuando la nostalgia gane la batalla a la practicidad y en un ataque de amor decidamos volver, la consistencia difícilmente será la misma, pues la materia prima ya no lo es.

Tras la ruptura, el hambre es una constante en la vida. Olores ajenos que ya no se nos impregnan. Ojos que no ven su sonrisa, dedos que ya no mallugan su piel. Oídos mal entrenados que, gracias a que su voz ya no es cotidiana, se excitan al escucharla y exprimen el corazón caduco con tan sólo escucharla recitar un monosílabo.

Añoramos tantas cosas que nos tardamos en notar que en nuestra vida hay menos sabores; restaurantes prohibidos, sazones que nos destierran, recetas que no apuntamos, salivas extintas y un mar de fluidos con denominación de origen que ya no podremos catar nunca.

Anhelamos el intercambio de recetas para afrontar la vida, las sesiones de amasado, los banquetes y hasta los pleitos que nos dejaban enchilados. La vida se ha vuelto insípida.

Extrañamos. Lloramos y tememos que haya una rata comiéndose las sobras de  nuestra comida. Nos empachamos. Después nos relajamos y digerimos. Nos vuelve a dar hambre y abrimos nuestro paladar a sabores nuevos.

Con la práctica, nuestros gustos se van volviendo sofisticados; ya no comemos tanta comida chatarra ni soportamos platillos insípidos o pretenciosos. Los precios caros ya no nos deslumbran y sólo acudimos a la comida rápida cuando todo está cerrado; tenemos un antojo extraño o no tenemos energía ni tiempo para cocinar algo más. Aprendemos a hacer fila de espera y sólo aceptamos reservaciones de clientes que valen la pena. Nos volvemos sibaritas y la experiencia de amar no vuelve a ser la misma.