México, un restaurante muy caro

“Felicidades a los chefs reconocidos en el ranking @LatinAmericas50. Con su talento, ponen muy en alto el nombre de nuestro país”.

-Enrique Peña Nieto

A veces la sensación de vivir en México resulta tan ambivalente como la experiencia de ir a ese tipo de restaurante no tan barato donde los meseros te tratan como si te hicieran un favor al atenderte, pero que gracias a que es muy bonito, tiene un platillo que te encanta, está cerca de donde trabajas o es el favorito de algún ser querido, te obliga a volver.

No es que la hospitalidad de los mexicanos no sea buena; habría que ser imbécil para no darse cuenta del gran valor de nuestra gastronomía, cuyos representantes son constantemente motivo de buenas noticias. Sin embargo, el gobierno de México se parece mucho a ese mesero que después de atenderte fatal, cree que es tu obligación dejarle propina y si no lo haces te dedica una jeta con maldición gitana incluida. Además, por mal que lo haga nunca se conforma con el 10: siempre exige el 15%.

Por momentos siento que mi país es como ese restaurante que sobrevive sólo por la fama que aún conserva de sus años dorados, pero que cuando lo meditas bien es tan mediocre como nuestra heroica selección de futbol. Por suerte para el dueño del lugar, sus clientes no siempre lo notan, pues su adicción a sus celulares, les impide ver la realidad del escenario.  

México es ese lugar con buena ubicación, hermosos decorados, y excelentes ingredientes, donde los pinches de cocina se quieren superar, pero cuya administración se esfuerza en quebrarlo o en imitar el lugar de moda de al lado, cuyo contexto no necesariamente es el mismo.

México es manejado por unos cuantos que, en su mayoría, se comportan como esos ingenuos que creen que lo único necesario para ser  restaurantero es tener ganas de posar para la foto y aspirar a ser socialité.

Lo peor es que el problema de este lugar no son sólo los inversionistas, el gerente y el dueño, sino también los comensales. A veces, los mexicanos estamos tan acostumbrados a que las cosas estén mal que el optimismo, una de nuestras pocas herramientas para sobrevivir, se malentiende. Entonces actuamos como el gerente de un establecimiento, que cuando le reclamas que el valet parking te robó algo, te contesta que es tu culpa por haberlo dejado en el coche. Y así cuando te roban debes estar agradecido de que sólo fue algo material, cuando te asaltan que no te hayan secuestrado y cuando te secuestran que no te hayan violado, mutilado, o matado.

Somos adictos a la dieta de “lo menos peor”. Respetamos un acuerdo no escrito cuya cláusula principal nos dicta no quejarnos y fingir que no hay un pelo en nuestro plato. Además del silencio, la receta para sobrevivir incluye más de 10 kilos de indiferencia, con la que logramos pretender que no nos duele que un niño descalzo venga a pedirnos un peso,  mientras nosotros  comemos en alguna terraza de la Condesa.

México es un restaurante al que le urge que sus clientes especiales- los pocos afortunados que  pueden  elegir qué copa de vino beber - no sólo se quejen, sino que aprendan a ejercer su responsabilidad social. Unos comensales que no se hagan de la vista gorda a cambio de un postre gratis o una foto con el chef. Unos comensales que no sean déspotas ni aplaudan cuando  a algún mesero se le cae la charola. Unos comensales que  estén conscientes de que los meseros sobreviven gracias a las propinas y sean generosos al darla a quien sí los atendió bien. Unos comensales informados, porque si no se informan y hacen algo, hasta el Valle de Guadalupe va a desaparecer.