Mi Barrio

Este mes cumplí siete meses de vivir sola. Desde que tenía diecinueve y tras graduarme de prepa me mudé a la Ciudad de México; ya sabía lo que significaba abandonar el útero gastronómico y sobrevivir lejos de la madre que hace el super y la cocinera que, en el caso de mi familia, se caracteriza por hacer las mejores salsas del mundo y tener siempre una sonrisa.

Sin embargo, al principio viví con mi hermana, lo que significaba no sólo que había un testigo de las palas de cocina quemadas sino que gracias a las constantes visitas de Julen, su novio -que terminaría por convertirse en mi hermano- siempre había algún tipo de comida rica.

Después ese par se casó y comenzó el desfile de compañeras de apartamento, donde el ancla era Karen, que gracias a que estudió hotelería, es una cocinera digna. Su presencia, seguida por mi no oficial residencia de un año en la San Miguel Chapultepec y la llegada de Ale y Talia, hicieron que siempre contara con algún novio o alguna egresada del CESSA, dispuesta a ayudarme a prender el horno y a enseñarme a preparar cosas sencillas.

El tiempo pasó hasta que llegó el seis de enero de este año, y un pedazo de rosca se convirtió en el primer platillo que probé en mi nuevo hogar; la colonia Cuauhtémoc. En este departamento he disfrutado mi soledad más que nunca y he aprendido a valorar pequeñas pendejadas como que si el refrigerador tiene comida podrida, es la mía y no haya a quien más echarle la culpa.

Es también el lugar que abandoné un par de horas después de descubrir una cucaracha para, tras un diálogo con un amigo, comprender que debía superarlo y ser merecedora de mi lugar en la cadena alimenticia.

Aunque a veces extraño la elegancia de los supermercados primermundistas de Santa Fe, repletos de productos gourmet, en mi barrio disfruto de un sinfín de cosas como que, cuando me aburro, camino dos pasos y estoy en una de mis calles favoritas del mundo; Paseo de la Reforma. Otro de mis grandes placeres es ceder ante alguna de las tentaciones que me rodean, como  la pequeña fábrica de chocolates frente a mi edificio, cuyo aroma deleita hasta a los muertos.

En mi ruta de antojos también figuran las malteadas de Chomp Chomp, ese lugar tan coqueto que me hace sentir en otra época. Ahí la variedad es sorprendente, y aunque he probado opciones como la malteada de aguacate, mi preferida por mucho es la de queso de cabra.

A un lado del Chomp Chomp está el Rokai, donde lo mejor es ir a cenar el omakase y degustar la pesca del día. Nunca te defrauda. Pero la línea asiática no acaba ahí, pues también tengo cerca un Daikoku que aunque en otro estilo, también es garantía.

Para las noches de vino sin pretensiones, prefiero el Arlequín, ese pequeño bistró francés del que adoro el quenelle nantua y  la tarta de jitomate con queso de cabra, que maridan con pláticas eternas.  Aunque quizá lo que más disfruto es que, gracias a que vivo sola, muchas veces yo soy mi mejor compañía, pues no hay nada más liberador que caerte bien a ti mismo.