Sazón de verano

En suajili, watusi watoto significa niño guerrero. En mi cabeza, esas seis sílabas son sinónimo de tres de los veranos más maravillosos de mi vida. Un total de seis semanas durante las cuales el campamento del Africam Safari, en Puebla, era no sólo una vacación, sino una probadita de independencia paterna.

Ahí, era parte de una tirbu africana, pero a diferencia del mundo real, bastaron dos dinámicas para que los Hutus y las Tutsis nos hiciéramos hermanos y fundáramos una nueva familia; Hututsis. Claro que ahí no había intereses políticos, ni segregación racial; el origen del conflicto eran las hormonas que despertaban  en un cuerpo con una mente aún inocente, que al sentirse vulnerable fingía odiar al sexo opuesto. El desenlace fue positivo y la unión de los dos bandos dejó como saldo más de un amor de verano, y el triunfo; ganamos el preciado Ankus del Rey, trofeo a la mejor tribu del campamento. Repetí la hazaña los dos años siguientes con mi nuevo clan, las Afares.

Además de los retos, las peleas de lodo, los baños de tres minutos cronometrados, el rappel, la muy peculiar forma de jugar quemados -en lugar de pelota se lanzaba un enorme trozo de caca de elefante- , y el susto que me llevé, cuando en una caminata nocturna montaron todo un teatro para que creyéramos que se había escapado un león, una de las cosas que recuerdo con mayor claridad es el comedor y la sensación de vida que sentía en la lengua cuando, tras alguna de las enlistadas actividades, premiaba mi boca con un trago de agua de jamaica.

No necesito hacer un gran esfuerzo para recordar el olor del área de comida, cuyo soundtrack era una mezcla de voces de niños y sonidos de vasos de plástico que servían como percusiones para que, a través de un ejercicio de coordinación, tocáramos We will rock you  sobre las mesas de madera en lo que esperábamos el turno de nuestra tribu para ir a la barra y deslizar nuestra charola de plástico.

Como parte del concierto, también entonábamos el siguiente himno:

¡Tenemos hambre, tenemos hambre, denos algo de comer, arroz quemado, mal cocinado y un pedazo de bistec! ¡Mor-di-do!

¡Tenemos hambre, tenemos hambre, denos algo de comer, alguna pizza, comida china y un pedazo de pastel!

Al llegar a la barra, Mamá Gaby nos servía puré de papas, milanesas y demás platillos amistosos para los niños. Aunque siempre había alguien que se resistía a su sazón, como mi amiga María que no aguantó más que dos días en el campamento porque extrañaba a su mamá y odiaba la comida. Tengo la teoría de que un día pagará su karma gastronómico y se casará con uno de esos hombres que no sólo esperan que la mujer cocine, sino que además hacen evidente que su comida no los satisface tanto como la de su mamita querida.

Otro paladar difícil era el de  Katy, “la melindrosa” una de esas niñas que podrían matar de un infarto a sus padres, pues no comía nada más que chicles, cátsup y frijoles. Es la única de su especie que aprecio, pues en la actualidad siento poca curiosidad por esos adultos que a pesar de tener los medios, sienten asco por todo lo que no sea pollo, y delatan así su abismal cerrazón mental.

Y es que así como los libros que leemos evidencian nuestras dinámicas de pensamiento, nuestro bagaje de sabores refleja nuestra alma. No en el sentido snob que divide al mundo entre quienes han y no probado caviar Almas, sino desde el punto de vista metafísico. Nuestra dieta, refleja no sólo nuestra nacionalidad y posición económica, sino nuestra actitud ante la vida.

Ah, y si se les antojó comida con onda africana, dense una vuelta y prueben el coucous de La Casbah en la Condesa.