Slainté!

Hace un par de años aterricé en Edimburgo para encontrarme con una de esas amigas que más bien son familia. Ahí, nos quedamos en un pequeño hotel atendido por unos hindús que hablaban un inglés no muy sofisticado. A pesar de ser verano el clima permitía que enfriáramos la leche con tan sólo dejarla cerca de la ventana y casi todos nuestros paseos se reflejaban en los charcos.

La ciudad fue lo que imaginaba y más, aunque me sorprendió la calidez de los escoceses, que resultaron ser mucho más amigables de lo que esperábamos.

En Edimburgo me enamoré de las calles, los paisajes, el castillo en medio de la ciudad, y el glorioso autorretrato de Rembrandt en la National Gallery.

En la capital escocesa, se me erizó la piel al escuchar la primera gaita, y sufrí una sobredosis de desayunos estilo inglés; huevos, tomates, salchichas, huevos, tomates, salchichas, huevos, tomates, salchichas…¡huevos!

En ese mismo viaje, descubrí también mi amor por el whisky, aunque eso fue Glengoyne, una destilería en los Highlands, la cual visitamos durante nuestra estancia en Glasgow. Ahí, en medio de un idílico escenario, aprendí lo que es el angel´s share (la cantidad de alcohol que se evapora durante la maduración) y por primera vez me tomé un single malt derecho a pesar de que eran algo así como las 11 de la mañana. Desde entonces, el aroma de esa bebida me encanta.

Después de un par de días en Glasgow, donde en realidad no hay mucho que ver, partimos a Dublín, donde entendí que los irlandeses en verdad son buenos para echar fiesta. En medio de callejones llenos de música, borrachos, botargas de Leprechauns y leyendas urbanas sobre U2, mi compañera de viaje probó el café irlandés y yo bebí mucha cerveza. Incluso caímos ante la tentación de visitar la fábrica de Guiness.

Sobra decirlo, el tour en la Guiness Storehouse es de lo más turístico, una suerte de parque temático, dedicado a la publicidad de la marca. Algo así como la tienda de M & M´s en el Times Square de Nueva York, pero llevado al extremo.

A pesar de eso, mi amiga y yo nos divertimos mucho, sobre todo porque en la parte en que te dan la dosis de cerveza que va incluida en el costo de tu boleto, nos hicimos amigas de un par de empleados, que decidieron darnos mucho más de lo que correspondía y divertirse mientras nos enseñaban a decir palabras en gaélico irlandés. De eso sólo recuerdo que salud se dice slainté.

Ya que los empleados nos liberaron, subimos al último piso, la parte que sí vale la pena de la visita: el Gravity Bar, en el que tienes una vista de 360 grados de la ciudad. Ahí tomamos un montón de Guiness Foreign Extra Stout y nos reímos de todo lo que tuvimos que hacer para llegar a esa ciudad. Pero eso es otra historia digna de otro blog, mientras tanto, un brindis porque si me tardé más de lo habitual en escribir una nueva entrada en Caviar al Pastor, es porque me acabo de graduar de la maestría. Slainté!