Tras la cocina

Gracias a todos los miembros de Grupo Pata Negra, que me tuvieron paciencia y fueron mis cómplices en esta experiencia. 

Durante unos días, el flujo del destino me llevó a vivir la experiencia restaurantera desde otra parte del tablero; cambié de sombrero y abandoné mi posición de comensal. El primer personaje a interpretar fue el de ayudante de cocina, papel cuya caracterización exigía el uso de una red para cabello, ese accesorio tan necesario como poco glamoroso que me recuerda aquellos años en que bailé en el intercolegial. Mi mayor respeto a las cocineras, ellas que gracias a su talento sí se ven bien, sin importar que la combinen con unos Crocs a juego con su delantal.

En mi brevísima estancia en la cocina del Pata Negra de la Cuauhtémoc refrendé lo que desde el kínder ya sabía: mi principal talento no se encuentra en la gastronomía. Lo intuí a los cuatro años, en las clases de cocina de Miss Mela, donde sus duyas llenas de fondant eran los más dulces plumones que te invitaban a decorar la realidad, de preferencia embarrándolos en la cara de alguno de los otros niños.

La sospecha sobre mi agudeza culinaria se convirtió en certeza, primero en los viajes a Valle de Bravo, donde mientras la anfitriona repartía tareas en la cocina a todas mis amigas, a mí me rogaba que abandonara el lugar. Y después en una relación de pareja, donde mientras aquel hacía magia en la estufa a mí me tocaba poner la mesa y lavar los platos; o si estábamos de atrevidos, sentarme en una esquina a embarrar un pan con ghee o cortar alguna verdura.

Por la evidencia anterior, no me rompió el corazón mi fracaso en  la cocina del Pata, donde no logré hacer bien ni media figura de mantequilla, aunque cómo disfrute la suave sensación de apachurrar la manga rellena de esa grase semi derretida. Yo, para lo que soy buena es para embarrarme y manosear; entonces de todas mis tareas quizá la que más disfruté  fue separar con mis manos, cubiertas de látex, los exquisitos trozos de papa condenados a morir en esa fosa común que es la tortilla española.

Pero mi graduación en la cocina no  llegaría sino hasta el siguiente día, con un papel secundario como pseudo asistente del cocinero del comedor de empleados. Empanicé un montón de milanesas y sentí ese trance que resulta de repetir la misma tarea bastantes veces. Experimenté la “meditanesa”.

Ese mismo día me estrené como exprimidora de limones profesional, oficio del que me graduaría al día siguiente, con un genocidio de cítricos que dejó como saldo tres costales de cadáveres y tres garrafas de jugo para los tenders, que a diferencia de mí no sólo abrían cervezas y recogían muertos sino que, como psiquiatras, servían deliciosas sustancias etílicas a los clientes que buscaban alegrarse un poco o aliviar el estrés.

En el Pata de la Condesa fui una muy mala bartender y cumplí con el cliché de cortarme la mano mientras intentaba crear un twist de naranja. Aunque el punto más bajo de mi efímera carrera fue como hostess del Salón Pata Negra, donde confirmé que el 90 por ciento de los borrachos sólo me caen bien si yo también estoy embriagada. Y no, no lo estaba.

Finalmente tuve mi revancha en La Xampañería, donde no se me dificultó saludar, guiar a los clientes a sus mesas y entregarles la carta. Ahí descubrí que no soy tan mala para lavar vasos y que de la barra lo que me gusta es la posibilidad de entrevistar y observar gente. Qué trago tan adictivo es ser testigo de la naturaleza humana. Lo mejor de esa bebida es que su cruda consiste en tener material para escribir.

En conjunto, la experiencia me dejó más de un conocimiento sobre alimentos y bebidas, pero, más que eso, una admiración aún mayor a la que ya tenía por todos aquellos que dedican su vida al servicio, y la paz de saber que tengo la capacidad de encontrar deleite aún en las tareas que no me gustan. Además, encontré una metáfora más para esa batalla entre vida y existencia que tanto me preocupa, pues si mi historia es un restaurante yo quiero ser un mesero y evitar la tentación de ser un toma órdenes.